Ya está este trasto sonando, juro que algún día lo tiraré por la ventana, no lo soporto. ¿Qué pecado habré cometido para vivir en esta agonía permanente? ¿Para qué ir a trabajar si a final de mes voy a estar igual de mal? ¡Me dan unas ganas de tirar la toalla! ¿Para qué tanta lucha? Vivo para pagar una casa que no me puedo permitir. No es cierto, porque no vivo. La angustia me puede, el temor a que el banco me ejecute la hipoteca no me deja vivir.De momento y como no se me ocurre nada mejor, me voy a trabajar para que el banco tenga que cobrarse. ¡Mierda de vida! ¡Si yo llego a saber esto!
Compramos esta casa con la seguridad de dos buenos sueldos, desde el primer momento tuve la sensación de que nos endeudábamos demasiado, me dejé convencer. Ya no hay marcha atrás. Entre los dos íbamos pagando a trancas y barrancas, pues la cosa cambió, los sueldos dejaron de ser tan fantásticos, dejamos de hacer muchas cosas por pagar la casa, era nuestro sueño, teníamos que esforzarnos. La alternativa de vender la casa, no queríamos plantearla, todo era cuestión de apretarnos el cinturón mientras que las cosas mejoraran un poco. ¿Para qué? Para nada.
Me quedé sola, con un montón de deudas. No pude permitirme el lujo ni de llorar por su marcha. Me cegué a trabajar para salir adelante yo sola. ¿Para qué? Para nada.
Cansada de hacerlo, de darme cuenta de que no merecía la pena trabajar a destajo, cuando los intereses de demora me engullían, llevaba el cinturón tan prieto que casi no podía respirar. ¿Para qué? Para nada.
Decidí trabajar un poquito menos, vivir un poquito más, que no significa gastar más. Ya que el banco me va a quitar esta preciosa casa, la disfrutaré mientras sea posible, luego no sé lo que haré, no voy a hacer planes de futuro, me conformaré con vivir el día a día lo mejor posible.
Vivo en un pueblo precioso, muy pequeño, hay censados ochocientos habitantes más menos. Me doy cuenta de que llevo cinco años aquí y no lo conozco, casi nadie me conoce.
Así que después de trabajar todo lo que mi cuerpo, mi cabeza y mis clientes me permiten, la tarde es mía. Salgo de trabajar con ganas de vivir, con ganas de llegar a casa. Como algo, si hace buen tiempo salgo al jardín, a disfrutar de él ¿de qué sirve tener un jardín si no puedes disfrutarlo? Lo tenía todo abandonado, ¿qué hago matándome a trabajar por un jardín que no puedo cuidar? Ahora lo cuido, lo mimo, es primavera y está precioso, luce en todo su esplendor, el césped está más bonito que nunca. No puedo permitirme el lujo de comprar plantas, pero las pocas que tengo, rebosan vida, tengo una planta del dinero, cosas que tiene esta vida, tremenda, si cada hoja que tiene fuera un euro, estaría forrada ¿será una premonición? ¡Ojalá! Cuando estoy en mi casa, cuidando del jardín, vuelve la esperanza de que a lo mejor, tengo un golpe de suerte y toda esta angustia da la vuelta y se convierte en serenidad. A lo mejor un día cojo el periódico, miro mi boleto de lotería y resulta que he tenido suerte, saldo mis deudas y puedo vivir tranquila. No pido una fortuna, no pido dejar de trabajar, sólo pido vivir tranquila, que cese la angustia, la ansiedad. Que cuando suene el teléfono, no lo coja diciendo “por favor que no sea nada malo”, ya voy servida de malas noticias. Dicen que Dios te envía solo lo que puedes soportar, bueno, pues yo ya no puedo soportar más. ¿Cuántas pruebas más tengo que superar? Estoy al límite. Solo me reconfortan mis ratitos dedicados al jardín que sé que si nada lo remedia, lo perderé, como he perdido casi todo en esta vida. Creo que ya está bien, que todo tiene un límite y que ya he llegado a él. ¿Para qué? Para nada